Ávida de olvido se sumergió en la tarde otoñal.
Un grueso jersey de cuello alto, unos jeans y una botas -expertas andarinas- completaban todo el atuendo sobre un cuerpo menudo y bien formado.
Caminaba pausadamente, permitiendo que el aroma a tierra mojada por la intermitente y finísima lluvia o el colorido de los árboles, cuyas hojas en decadencia anunciaban un cercano invierno, la evadieran de sus recuerdos.
Cruzó un pequeño puente de piedra bajo el que las aguas del río discurrían impetuosas y cantarinas hacia la desembocadura, como si presintieran la proximidad de su unión con un mar inmenso y poderoso. Entonces, como un eco lejano, volvió a su memoria una frase: "Cuando el rio se une con el mar nacen milagros".
Aunque intuía que no era realmente suya, la evocación la envolvió con la misma intensidad que el rumor del agua..
Agudizó sus sentidos para oír el leve chasquido que producían sus pisadas sobre el suelo alfombrado de hojas cobrizas y anaranjadas; paseó su mirada por las robustas cortezas grises de los árboles, escuchó el canto de las avecillas e imaginó que le daban la bienvenida a un mundo de hadas, el mismo mundo que le gustaba imaginar cuando era niña, mientras caminaba cogida de la mano de su padre y éste le contaba misteriosos cuentos de dragones, princesas y serpientes de siete cabezas.
Iba ascendiendo por la leve colina, despacio, pulsando el tiempo, con la determinación de quien espera el sublime instante del encuentro con lo desconocido, mientras su corazón se estremecía en una lucha, como si cada latido buscara un horizonte distinto, y el aire húmedo de la tarde le ofreciera un refugio invisible.
No hubo respuesta, solo el murmullo del río y el crujir de las hojas, como voces antiguas que la invitaban a perderse en lo eterno.
Y así siguió ascendiendo, consciente de que lo desconocido no era un destino, sino un instante suspendido en la memoria del tiempo. Al llegar a lo alto, cuando el río se entregaba al mar, comprendió que los milagros no eran promesas, sino instantes que se desvanecen como huellas en la arena.
NaDa
